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OBRA POÉTICA

1

Hacia donde no soy (portada del libro)
Poemas del fuego
“Volverán los árboles”
Este libro está dedicado a Javier Las Heras, que perdió la vida en este incendio.

Escribí sobre los dos grandes temsa poéticos trabados en un mismo desastre, como lo fue el desolador incendio de los días 28, 29 y 30 de julio de 2009: el amor y la muerte. Amor a una manera de vivir, a un ecosistema, a un paisaje, y muerte, la muerte de todo ello en unas horas... La desaparición de un mundo, pues el mundo no es más a la postre que el espacio en que habitamos. La Luna no es nuestro mundo, ni Nueva York, ni Pekín. Nuestro mundo eran Las Morañegas, el Pozo de la nieve, La Rubía, Las Helechosas, el pino Crispín, Barrancón... los brezales de la Ladera.

 

SELECCIÓN DE POEMAS

De paso

                                                                     
                                                  A la raíz yo me agarro
                                                  que está debajo la tierra;
                                                  a la rama no me agarro
                                                  porque el fuego me la quema.

                                                                  Popular

 

Dichosos los que aman
solo la piedra y el viento,
porque para ellos
es el reino del futuro.

Nómadas.
Sin copa y sin raíz,
no se enamoran jamás de ningún árbol.

Ni acebo frondoso
ni madroñera florida
prendan sus ojos.

Aman el vuelo alto
de rapaces extrañas,
poderosas, ajenas…           

 

¡Qué solo está el campo!

¡Qué solo está el campo allá en su muerte!
Cantadle una nana.
Arropado con negra toquilla está el campo
y el aire se la quita
y se la pone
y se la quita.
Le remueve el aire las heridas al campo,
que está allí tan solo con su muerte.

 

Alto incendio

Sólo quien ha visto las infinitas murallas del fuego
–el universo del fuego–  presiente los desiertos.
Sólo quien ha visto colgados de la noche
los campanarios del fuego
tocando con sus lenguas rojas a rebato,
presiente los desiertos…
                                                                               
En el desierto hay vida, dicen;
algún lagarto asoma las imbricadas escamas de su cráneo
por debajo de las lascas de la rosa del desierto,
que es inodora, no lo olvidéis.
Cada diez años una especie de achicoria
abre temerosa los cinco dedos de luz de sus pétalos
y una mariposa plana, sin ojos,
posa la lengua en el frescor del instante.

¿Cómo habitar esa aridez
sin ser achicoria ni lagarto,
habiendo crecido al rumor de la hoja y de la fuente?

Sólo quien ha visto su corazón en llamas
presiente los desiertos,
sueña con zorros de jopo incandescente.

 

El humo eclipsa el sol, oscurece el día

Debajo de las cenizas están vivos los bulbos del gamón,
los bulbos de los espárragos,
el cepellón del cerrillo y del cervuno…
y de la cepa quemada del roble, del arraclán y del fresno,
saldrán los hijos del fuego en el lugar de sus padres.

Lo sabemos, pero el día fue muy negro
y ahora la noche es más negra,
salpicada de hogueras chispeantes,
rancajos de tocones
que arden como pequeños volcanes
abriendo galerías de fuego
en lo que fueron las raíces de los pinos.

Este es el espectáculo:
Baile de lumbres que ruedan caprichosas
por la ladera calcinada.

Entre la misma ceniza hay semillas
dispuestas a germinar
en aprovechamiento de espacio y de sol.
Enraizamiento mismo del fuego que volverá,
porque el fuego es habitante y dueño de estas tierras
y registradas las tiene en sus negras escrituras.

El rizoma del helecho aprieta
desde su urdimbre en lo hondo,
asoma su báculo verde en la vergüenza del suelo,
pero el día es negro,
el humo se aplasta en el valle como la angustia.

 

Hay que resistir

Tampoco hubo nunca un mundo mejor.
Este era el nuestro.
Amábamos, besábamos sutilmente
el cuerpo de los árboles,
los abrazábamos y ellos nos correspondían…

Era un mundo pequeño
como el mundo de los lirones y de los pájaros,
iba hasta poco más allá de los riscos
como el mundo de las cabras,
tenía los límites en las copas de los árboles
como el mundo de las palomas torcaces.
Un mundo de galerías por las que trajinábamos
como los topos y como las musarañas,
saliendo a la luz como sale la garduña y el tejón.
Era tan pequeño como el mundo
de las hormigas y de las mariposas,
que quizá solo tiene las dimensiones de una plaza;
o el del petirrojo y el mirlo
que va de la linde del huerto a la picolla del laurel.
Era como el mundo de las aves migratorias,
que también es muy pequeño,
tan pequeño como el planeta Tierra.

Como el amor era el campo:
inmenso en su encuentro,
indiferente a la codicia de la mandíbula hambrienta.
Ardió el amor en llama de campo viva,
no en llama de amor viva sino en carne viva,
y se socarró el campo y el amor.

Sigue el verano
venciendo con su ira de fuego la hoja verde.
Pero llegaremos al otoño. Hay que resistir.
Hay que calarse hasta los huesos con las primeras lluvias,
mezclarlas con el canto y con el llanto.
Hay que resistir.
Coger un puñado de ceniza y aspirar su olor.
Nada nuevo bajo el sol tiene el olor de un puñado de ceniza…
y tampoco creo que hubiera nunca mundos mejores
a salvo del rayo y de la lava.

Nosotros conocimos el paraíso.
Amábamos, besábamos sutilmente
el cuerpo de los árboles,
los abrazábamos y ellos nos correspondían
con su latido de luz,
con su palabra de agua…

 

D. Antonio en el recuerdo  

                             Yo voy soñando caminos
                             de la tarde. ¡Las colinas

                             Poema XI de Soledades. Galerías. Otros poemas
                             Antonio Machado
 

Yo voy andando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
quemadas, los verdes pinos,
troncos de oscuras espinas!
¿Adónde el incendio irá?
Y voy pensando, ligero,
lo que este maldito fuego…
­–la vida cayendo está–:
«En la mirada tenía
»el mundo de una ilusión;
»y ahora la melancolía
»del mundo que se perdió.»
   Todo lo negro un momento
es más negro, más sombrío,
se levanta y suena el viento
en los alisos del río.
  Escasos supervivientes,
galería que serpea
cantarina y que verdea
entre tanto luto hiriente.
   Mi runrún vuelve a latir:
«Que fuera un sueño la flama
»que consume mi vivir
»en el corazón clavada.»

 

La sierra

                                              A Nuria Blázquez
                                              A José María Mancebo Quintana

 

Si fuiste rubia y ahora eres morena,
¿cuándo serás blanca?
Cubierta te quiero con láminas de frío necesario
que sepulten el tizón y el olor que impregna el aire.
¿Cuándo serás blanca?

Fotografías aéreas muestran cómo
el verde cerca el calvero de ceniza, menos mal,
el calvario de ceniza cercado aún por el verde,
perímetro de un cuerpo informe y caprichoso
cuyas bocas crujían mordiendo la hojarasca.

Todo lo perturbaron, todo lo manosearon,
iban y venían bufando su lenguaje combustible.
Una soga de fuego de treinta y cuatro kilómetros
arrasando cuatro mil doscientas ochenta y ocho
hectáreas de bosque y matorral, reza el informe…

¿Cuándo serás blanca? ¡Cuándo serás blanca!,
y nuestras miradas reposarán serenas
en los contornos escondidos de las rocas,
en la filigrana que en tu seno, para la metamorfosis,
haya tejido al fin la nieve.

 

¡Sean limpios!

Dicen que alguien se llevará
una buena tajada a consecuencia del fuego.
Sean limpios, hombres:
empresarios, políticos, gestores.
Sean honrados, en nombre del campo.

Están en liza el agua, el aire, el suelo…
Tengan en cuenta a los habitantes
de nuestros pueblos que miran
al cielo temiendo el granizo
y miran al suelo en espera de lumbre.

Perdimos todos mucho,
y bien saben que no hablo de cosas materiales,
que también podríamos hablar…
Tenemos en el campo la querencia,
bajamos no hace tanto de los montes.

Sean honrados, en nombre de los árboles,
en nombre del agua, en nombre del aire,
en nombre del mismo fuego con el que asamos la carne.
¿Se puede especular con la desgracia?
¿Se puede hacer negocio del desastre?

Consideren el cuerpo del monte
como un cuerpo convaleciente, no muerto.
Y, ya que les da el pan, no sustraigan el caviar.
Sean limpios, hombres:
empresarios, políticos, gestores.

 

Volver al campo

En esa soledad que cunde negra,
donde al atardecer el cuervo
grazna y calla, hay que dormir;
dormir y descansar en la sentencia
consumada del campo,
en esos desiertos donde ahora ladra el aire
apagando con sus negros colmillos
cualquier luz que sea verde.

En la lúbrica costra del incendio,
en la supuración de su mandíbula…
hay que dormir a campo negro abierto,
a noche descubierta, a cielo raso.

Dormir parejo al miedo
endilgado en nuestras venas;
en esa soledad sin luna, sin nostalgia,
sin nieve y sin mollina.

Sin compañía de nadie,
ni siquiera de un perro, hay que dormir,
hay que dormir, hay que dormir.

 

 

 

 

Hacia donde no soy (portada del libro)
Hacia donde no soy
“Soy la nieve y la luz del manzano”

La vida esta vacía si los actos no terminan en verso. Afán de comunicación. De contar, de cantar. De contarme… Invitación a una incertidumbre irrenunciable.
Una aldea, un mundo que se acaba. Rural, lo rural más olvidado. Sin añoranza, sin compasión, sin esperanza. Una aldea que huele a humo y elabora rosquillas nevadas.
Ojos que aman el “hueso territorio”, desgastan  la geografía de tanto mirarla en busca de un verso… Le di muchas vueltas al poemario, finalmente fue desapareciendo de mi cabeza, que es la mejor manera de saber que está listo para vosotros.

 

SELECCIÓN DE POEMAS

    GÉNESIS

La primera mujer vino del aire,
nació de una semilla.
Fue única e irrepetible;
lo que vino después ya fue otra cosa.
El hombre viene del mar,
de unos oscuros peces
que se pasaban la mayor parte del tiempo
en el aire, renegando del agua.
Audaces y suicidas, a veces
llegaban tan lejos en sus acrobacias,
que terminaban en la tierra o en las rocas.
Procaces como eran,
morían masturbándose.
Una playa fecundó a la mujer:
así nació el primer hombre.

Pero a vosotros, tercos como sois,
nada os importa la ciencia.
Solo creéis en leyendas.

    HAY QUE SER ÁRBOL

Si somos paredes
–cuerpo pétreo de aglomeración y tapial–
solo devolveremos sombra.
Hay que ser árbol:
alcornoque que recibe el abrazo de un loco,
ventalle de fresno contra el arrebato de las calvas.
Sentir que una mujer dibuja labios
besándonos en la corteza;
dejar que en nosotros descanse el vuelo.

Si somos lienzo jarreado con bodoques
ahuyentando el juego de los niños,
o albardilla con vidrios hiriendo la mirada,
o tortura de alambre tendida en naranjal,
somos seres defensivos y ponemos carlanca al amor.
Hay que ser árbol de Judea en un jardín colgante,
acacia florecida en mitad de una escombrera,

vara de ailanto en las sabias manos de un viejo.

LUGARES IMPOSIBLES

Solo son felices los amores imposibles
Darío Jaramillo Agudelo

Hay lugares guardados en la memoria
como versos de libros sagrados.
Lugares enguirnaldados en hornacina
de puertas viejas junto a manantiales.
Lugares imposibles como la alegría de un brandy
en la amargura de la aldea.
Amores imposibles que se clavan
como la escritura cuneiforme de las zarzas.
Amores engaño del amor que crecen dorados
como los montes de Toledo cuando viene el día.

Uno es el poyo de una calle con gente
del campo que madruga y que nos mira.
Era verano sin sermones; había

anchoas sobre patatas fritas y botellín de Mahou.
Brillaban por igual noches y días
en la lluvia de tu pelo.
Flotaba algo más fuerte que el sexo
en el imposible amor de la mañana.
Eras el último olor a limón sobre la Tierra.

En el lugar de los amores imposibles,
lenguas imposibles en imposibles bocas.

ALGO DE SOSIEGO HAY QUE TENER

Algo de sosiego hay que tener para escribir.
Añicos quemados en los riñones,
piedras preciosas veteadas de sangre,
absurdos antojos bañados en porcelana de alma,
el ladrido de un perro debajo de la axila,
campanas de cristal en el silencio amigo
que nos deja discernir la mano de la garra.

Un vaso con el vino nuevo de mi casa,
un caleidoscopio para engañar al miedo,
salterios que salpiquen agua y fuego en el rostro,
el esqueje con la hoja perenne de la infancia.
Un báculo invisible para los días torcidos
y los ojos anclados en la playa de un cuerpo.

Humildad de piorno hay que tener.
Diluvios de hojas a la espalda.
Un calzo de papel bajo la mesa coja.
Cordura y una avecilla en la tardanza de la noche
que nos cante su alegría.

DAME UN MES DE ESTE MARTIRIO

Dame un mes de este martirio todas las tardes:
masajes en la senda lunar del espinazo,
la dulce acupuntura de tus pechos,
mordiscos en mi carne lamida por el tiempo.

En la sigilosa penumbra del quinqué
que muestra tu palidez rosa cerca de mi garganta,
la inextricable labor del negro encaje
que te ciñe, te oculta y te desvela.

Hasta que, en las caracolas monocordes de la noche,
un alacrán de luz incendie los cerebros
y caigamos a un cielo de Tiziano,
campo desvaneciente mullido de azul
entre mantos añiles y grises de nieve.

EL OLOR DEL SAÚCO

La palabra exacta para describir el olor del saúco en flor está en su interior, circula por el tuétano. Una vez retirada la corteza y raspada a navaja la pulpa cicatrizante que hay debajo de ella, se corta el palo y se aspira su perfume. Percibimos ahí el flujo de confusión que sentimos al llevarnos un ramo de blancas umbelas a la nariz. Huele a eso entonces toda la orilla del río, el contorno de las seis de la tarde, la majestad de la hiedra, las sábanas tendidas en los balcones, tus manos, la consistencia de manzana de tu carne, la carne lamida de tus muslos, la cervical almohada de tus nalgas, el dedal de vino que bebo de tu verso, ¡el canto del ruiseñor!

A eso es a lo que huele el saúco. A la melodía entre vicio y virtud, perfume de almizcle y semen del canto del ruiseñor.

Y SE HIZO LA LUNA

Y se hizo la luna
cáliz de orquídea, nariz  beoda
debajo de la parra.

Debajo de la parra
lleva enaguas la noche, polillas,
fulgor de oropéndolas.

Candil de luna: fuego
manso que baña rostros complacidos
de palabras,

cose entre sarmientos
remiendos amarillos para el suelo
que levemente tiembla,

pone  galardones
en la tibia mostaza de los pechos
de amor convalecientes.

Fuera, en los ramales
de las zarzas, la noche está cuajando
en silencio su gozo.

SEMOVIENTE EL SILENCIO

Es en Gredos semoviente el silencio:
empuja por portillas
en espesos tirabuzones
desplegándose hasta el recuerdo de los glaciares.

Acompaña al sol
que muerde la cola de las sombras,
azafrana hendiduras,
calienta el sexo de acurrucadas lagartijas.

Llamamos silencio al vacío
de  este cráter del cielo partido por el agua.
Agua que lo hiende y muestra su presencia
cabalgándolo.

Así van silencio y agua por la piedra:
claridad, preñada nada, húmedo sueño.

NIEVE

               ¿Quién hace que caiga esta nieve?
                ¿Cuál es el secreto de esta nieve?
                                                  Orhan Pamuk

Yo soy la nieve que cae y blanquea la noche.
Soy cada uno de los copos que se posan en el manzano.
Soy la noche y la luz del manzano.
Escuchad a la nieve:
La nieve es el silencio mullido que cruje,
pero yo también soy el silencio que cae sobre los campos.

Qué sencilla es la nieve,
y el manzano,
y yo, que soy un copo de nieve
descendiendo lentamente hacia mí mismo.

Talladas piedras padre

Hay poemarios que son una necesidad. Si no tejemos esa congoja, nos ahoga. Hablé con mi padre muerto, le dije como estaban los álamos en el camino… Caí en el tópico de la muerte, aun sabiendo que nuestra muerte es parte de nuestra vida y que muere con nosotros. Quiero decir que la coloqué en un plano literario como algo ajeno, externo…

El libro no es una elegía, alguien dijo que es un canto de amor. Ojala lo sea. Para mí, es sagrado.

 


SELECCIÓN DE POEMAS

Te has muerto, padre, y aunque
algo de siempre es el morir,
tú único eras y de ahora.

Acaricio tu frente helada con el frío
contundente de sus cosas.

Tu calva esquiva, ahora mansa
con su hipócrita mansedumbre.

Dormido pareces con el sueño
vacío y hondo de ella.

Plácido en su apariencia;
el odio en ti no echo raíces.

Sí, ese genio que le decíais sangre,
mezcla de todas las incapacidades
taponado ahora con su corcho seco.

 

 

Vas por las profundidades del agua,
por la música interior de la tierra,
con el pan y el vino exiguo
 del consuelo en las alforjas.

Nosotros andamos en huertas
cargados de días y de noches sin ti,
quitándote hojas secas de la boina.

Cosechando resina a destiempo
de viejas llagas que no cierran.

 

 

Y extenderé un mantel
en la alameda de tu nombre.
En la bondad de tu nombre
un mantel lleno de fiesta.

 

 

Doblan las campanas.
Duro es saber que el lecho nupcial
donde mueve sus pechos la novia
 y muestra su pubis de mariposa
será un día el tálamo
en el que yazcan fríos los labios
por los que penetrará el color carboncillo
del silencio.

Fértil humus donde cantará un perchel
posado en el bohordo de una malva.

 

 

Hay paz de cangilones machadianos
en esta noche de agua que no acaba
y yo estoy cavando y cavando
una buena huerta para ti.

Surcos de versos translúcidos
que riman entre nosotros
y que enredan los zarcillos de sus letras
a la nada del papel.

Con manos ilesas
alegres de picapedrero
cultivando jazmines
en el jardín de tu olvido.

 

 

Sencillamente, entre tus cosas,
sin reunir gente al lado de tu lecho
ni hacer espectáculo.
Como se mueren los verdaderos santos.
Casi como los animales
acostándose en la tierra

 

 

El sol que nos dejaste se empeña
en lamer lápidas en la canícula.

El sol del azar que tenía
tus manos rojas
para el capricho de sus naipes.

Los soles del castaño,
diminutos soles
que alumbran y proyectan
imágenes de la vida,
como dicen que a veces pasa
en los accidentes craneoencefálicos.

Los soles reflejando por la cal en sombra
la memoria del agua.

El sol eclipsado en la acuarela
que fue aquel día de campo.

 

 

Nieva en el lomo de las vascas,
en el sombrero de Martín.
Nieva y el águila sigue volando.
Nieva tras las rejas y cuaja en el estiércol.
Nieva, el cerebro se mulle,
se afloja la impaciencia del tendón.
Cae la primera nieve temblorosa
con voluntad de pluma
a la rama del manzano.
Nieva en la invalidez de los carros
y sale humo de su dicha.
Nieva redundancia en la cabeza de Paula,
en el destino de los céspedes.

Blanco sosiego por instantes
de la mano del silencio.

Hojas de lluvia

Todo estaba empapado. Nieblas perpetuas y borrascas de sudoeste descargaban al norte de Extremadura. Rocío: “lluvia en camisa por los surcos abiertos de los huertos.” Una blusa que se abre al calor del sofá mientras fuera llueve y sigue lloviendo. Escribí sintiendo que el aire se llenaba de peces y que los gorriones remaban buscando el arrecife del próximo tejado.

La verdad es que lo tuve fácil, esta es una tierra en la que aún caen al año 1300 litros por metro cuadrado, según información de mi querido amigo Victorio Jiménez Iglesias.


SELECCIÓN DE POEMAS

Y la casa fue una barca.
Un faro la luna.
Toda la noche navegamos
entre la risa del agua.

 

 

Los árboles se llenaron de peces
cantando en silencio
la podredumbre de las ramas.
 

 

Tu beso y la lluvia
una mañana de domingo
con la niebla llenando
la copa de los pinos.
Los chopos consistoriales
desarmándose con verde
en un unto genesíaco.
Y una mimosa aburrida
disfrazada con colores
que todavía no son de este mundo.

 

 

El hilo del agua enhebra
por el ojo de los puentes
hasta el ovillo del mar.

 

 

Se besaban bajo la lluvia
como si quisieran taponar con su beso
las bocas del cielo.

 

 

Los abrigos de piel
cuando se mojan
se sacuden solos.

 

 

Gracias silencio por acallar
estas ruedas de molino
como ostias con música de piano.

 

 

Las manos son siempre una vasija
del tamaño de la sed.

 

 

Ningún misterio en este breviario:
música de la lluvia,
goterón de contrabajo.
Lengua en la lengua del agua.

 

 

Como un alcornoque seco
florecido en blanca flor de garcilla bueyera,
así el llano calcinado
florece en el ala de la alondra,
en la lluvia con sol
de un cementerio de coches.

 

Para los que se ahogan en un vaso de agua,
para los que aman un pájaro, un árbol,
para los que se les cae una lágrima y suena,
para los que se agarran al rabo de las nubes,
para los que miran el reloj y ven la grasa del tiempo,
para los que se hicieron sílice y vaina de piorno,
para la alta soledad de los hogares,
para el pan del hambre con su sello candente,
paara la niña que se peina en el espejo de sus ojos,
para la ubre de una cabra
y para el que besa a su asno,
para las manos que laboran para otros
y para sus zapatos sufridos,
para el azúcar con hormigas,
para la miel de los cardos.

 

 

Para el tapiz de oro de los ojos ciegos
en la lumbre viva de la noche.

 

 

Traigo en el antebrazo
un silencio rural tejido de nieve,
la clara sombra del roble,
la barba helada del piorno
en la noche del valle Amblés.
Una encina verdinegra a la boca de la aldea.
La impronta fosilizada de una herradura que brilla:
Luz deshilvanada de frío,
estrella de los arrieros,
querencia del zorro,
rueda de carro engrasada que surca el cielo de la vaca,
luna clavada sobre las sierras de Ávila.

 

diario de un albañil

No es una experiencia pasajera en la albañilería. Es el fruto de una relación de más de treinta años. Aquí cuando se habla del frío es que estaba helando y cuando “hasta las chicharras se han pasado de rosca” sencillamente nos estábamos asando… Pero ya se sabe: “haber nacido para obispo y no para aclimatar el cuerpo a semejante designio…”

Saqué de la escombrera y del mareo del hormigón este poemario que arde como un piornal florecido en las laderas de Gredos.


SELECCIÓN DE POEMAS

VARIACIÓN SOBRE UN TEMA ANTIGUO

Nueve de enero

Cómo me rescataste de la escarcha
con aquella mirada.
Tus ojos trazaron la parábola
de toda la curva de herradura
engarzados a los míos y girando
en un préstamo de órbitas.

En un cruce cualquiera con stop,
en la umbría de una curva peraltada
con el metrónomo de   la intermitencia:
encendida, apagada, encendida.
Clavado al asiento y al volante.

Allí estaba yo aquel invierno
a una hora punta de la mañana
en mi pequeño Renault
viendo el trasero de tu Galloper
alejarse, alejarse.

 

 

LAS HORAS

catorce de enero

Amo algunas horas del día:
las siete de la tarde,
la una cuarenta y cinco,
las doce menos veinte…
Amo en sábado entero
sin dejar de molestarle
ni un solo segundo
con mi amor adolescente;
las once de la mañana del domingo,
la una en punto de la madrugada.
Amo las horas mullidas de nieve
cuando la campana blanca
suena a odre repleto.
Las ocho y dieciséis
Escuchando a Morente,
las diez y veintiuno
sobrecogido de evidencia
ante don Antonio Machado.
Las once y nueve,
las nueve menos cuarto.
Amo el sosiego, sí, porque si no
todo lo ensucia el oscuro cornezuelo
de la ira:
la calma que queda entre campanada
y campanada de las doce de la noche silenciosa
de la aldea en la que muere
un camino de montaña,
el que cunde en un punto indeterminado
de la frontera donde jamás pisa nadie..
Amo las doce adormecido
en sus alas redondas y flotando
bajo un cielo de hielo.

 

 

ME GUSTARÍA SABER LATÍN

cinco de mayo

Todo lo que pensaba escribir
lo están diciendo los antiguos:
Los trabajos, las ruinas, el sexo.
La ignorancia y miles de años
me separan de ellos.
Lo están cantando todo:
la bella muchacha,
el bello muchacho,
los dientes caídos,
las cargas de hacienda,
la guerra, la guerra, la guerra.
Catulo, Catulo, con ese ya no hay cuenta,
pues es un libro abierto
como corazón de torero:
los besos más sublimes
en los vasos más labrados,
el miembro del anciano
con el deber cumplido,
las violetas, las estrellas,
las caderas, los mimbres,
el miedo…,
y esas diosas creadas para consumo interno.
Lo están cantando todo.
Yo aquí lo dejo
y me tumbo a que me prendan
los latines que no entiendo.

 

 

MAYO 

siete de mayo

El olor del racimo de la acacia,
las celindas, la sombra caliente.
Una mujer vestida de blanco por los olivos.
Vencejos.
Las rosas, rosas azul cielo en los rosales
de viejos recién muertos.
La niña que se plancha la blusa en la terraza.
El humus mojado de los huertos.
La claridad cansada de la tarde,
el relámpago vespertino,
el estornudo de la alergia…,
el pañuelo de una embarazada con sandalias
entre nubes de polen amarillo.

 

 

ROBERT CAPA

Veintiuno de marzo
A Bibiano, in memoriam

La guerra civil me palpita
como la metralla que se entierra
en el tejido subcutáneo.
En la ladera de sus fotos
cantan las chicharras.

Se oye el sonido de un mechero
encendiendo un cigarrillo.
Se huele la sangre.
Revolotean insectos
en el vientre hinchado de una mula.

Los pies dan su último paso
ante el fulgor perpetuo del acero.

Dicen que murieron hasta los libros:
Ensartados en bayonetas
los asaron como a filetes de vaca.

Fueron rosario de la muerte
tiñendo gordolobos y achicorias
las cunetas donde te dejaron tirado para siempre.

 

 

NO ES UN PIROPO

Treinta y  uno de mayo

 

No me las enseñes más
que me matarás
Garcí Sánchez de Badajoz

 

Tus pechos llenan todo el mes de mayo,
se salen y veranean encendidos
en las noches de grillos.
Esos pechos separados
que permiten que una mano
pase entre ellos, hoja de álamo.

Vistos desde el andamio
alborotan tus pezones:
las mallas de protección,
los tejidos del tejado,
los tejidos de la araña,
los tejidos mahones de los monos.

Tus pechos a las cuatro de la tarde,
siguiendo a tus manos por columnas encaladas
en un juego de partes que se mueven.

Pechos visitadores, sorprendentes,
ágiles, extensos de poder,
apuntando desde la calle
al corazón de los ojos.

 

 

LA INACCESIBLE SOLEDAD DE LOS
SILENCIOS DEL PREGONERO

Tres de octubre

 

Todo lo fui perdiendo anoche cuando el alcohol
dibujo en nimbos mis secretos.
Me quedé sin historias, sin historia.
Me acosté despojado como un hombre nuevo
otra vez a estrenar. Pasaron con alas unos niños
barbados diciéndome adiós muy sonrientes
con una summa poética bajo el brazo.
Dormí como un pan envuelto en seda.
Desperté y me dije:
Eres un hombre sin curriculum vitae.

 

 

HOMBRE CON BOTELLA

doce de diciembre

Estoy solo.
Parecen más altos los árboles desnudos.
El río canta con volumen de invierno
mezquino en lluvias.
Un petirrojo, siempre un petirrojo
hablándome en su lengua y yo no entiendo
las tribulaciones de esos gramos de misterio.
Vinimos aquí para hacer casas
y lamer con fruición un sexo fértil.
A estas selvas que crecen al socaire
de los desertores del arado:
espesura verdinegra trepadora de bancales.

Acobárdate hombre pequeño, humíllate ante la noche y bebe.

 

las alas de la sangre

Enfermé. De pronto era incapaz de realizar las labores de fuerza y acarreo a las que me había acostumbrado desde niño. Me era imposible levantar un fardo, tensar una cuerda… Escribí y escribí y nació este libro ambientado en siglos oscuros, con personajes a los que les falta un brazo, mujeres que han sido violadas, personas que simplemente han caído en una trampa…
Lo publicó Caja de Ávila en una espléndida colección que se llamó “La hoja de roble”.

 

SELECCIÓN DE POEMAS

QUÉ HAMBRE PASAMOS, ALDA DOMENGA

"…los que esperan la fortuna
de comer;
los que  hogaño
como antaño
tienen toda su moneda
en la rueda,
traidora rueda del año…”

(Antonio Machado)

Las ratas, ¿te acuerdas Alda Domenga
cómo metían el rabo al aceite
aquel invierno en que nos cubríamos
con la inclemente manta de la nieve?
Alda Domenga, colodras de leche,
dulces de castañas en nuestros sueños.

El ojo de la vaca mostró a un hombre
que robó los higos y con su espada
hizo cicatrices en los adobes.
Serrota arrojaba témpanos blancos
y él con su saco cruzando el puerto;
a tientas nosotros, juntos del miedo,
entre los resquicios de la despensa.

 

 

LADERAS DE GENISTA

 

Laderas de genista florecidas
¿recuerdas?
arreboles de trébol
gamones por los prados,
velloritas en la acequia navegando,
aquel verderón
 y un jilguero todo condecorado,
los pámpanos salvajes,
madreselvas huérfanas de selvas madres.

¿Recuerdas el castaño de los lobos
que eriza los pelos a quien pasa?
¿Recuerdas aquellos huesos blancos
lavados por el sol en medio de las gramas?

 

 

EL GUARDIÁN

Vigilo el horizonte aunque el viento
armado me golpee en las pupilas.
Como mi casa defiendo la torre.
Miro bandadas ruidosas de gansos
que girando verán mi fortaleza
en este promontorio y entre albores
su luz brillar las piedras con destellos
y haces amarillos y corona
creerán que es en cabeza de este llano.
Aquí vivo, estilita sin envidia,
del burgo ni la feria ni el reclamo
amoroso y caliente de la braga.
Hace mucho que alguien, allá abajo,
agua fresca pregona y moscateles,
pero yo en la altura abro los brazos
y puñados recojo de la noche
que es inmensa, infinita, y está llena
de nutrientes calostros granulados.